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Zika: Q&A with the mapping expert

23 Feb, 2016

Simon Hay is Director of Geospatial Science at the Institute for Health Metrics and Evaluation (IHME), Professor of Global Health at the University of Washington, Research Fellow in the Sciences and Mathematics at St John’s College, University of Oxford and a Wellcome Trust Senior Research Fellow.

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Global map of the predicted distribution of Aedes aegypti. Credit: Kraemer et al, eLife 2015

What do you do?

I map infectious diseases and their vectors, the organisms that spread them. I’ve worked on the Malaria Atlas Project, which looks at the global distribution of malaria and how that changes in relation to interventions across the world. More recently, working on influenza outbreaks in China and Ebola in Africa, we’ve been looking at quicker mapping techniques that can help in emergencies. This means that when a novel pathogen [a thing that causes disease, such as a bacteria strain or a virus] comes out, we can quickly find the areas in which it, and perhaps its insect vectors, can survive and flourish, based on things like temperature, rainfall and habitat.

How are these maps used?

Most obviously they can help show where the biggest problems might be and help people focus surveillance activities. Mapping can also help inform travel advisories, showing the places where people might want to take extra precautions if they visit. Assuming a virus is easily moved around the world by people on aeroplanes, we can also show all the parts of the world that could ultimately end up with infections because they are environmentally suitable.

Are you mapping Zika virus?

Simon Hay

Professor Simon Hay

Yes, we’re in the midst of trying to put together a global suitability map for Zika. We have done some previous work looking at the global distribution of dengue and chikungunya, which are related viruses, so we’re in quite a good place to make these maps.

How easy is it to predict what the next big epidemic will be?

The only thing we can say with certainty is that these things will continue to happen. Up until mid-2014, Zika was just one of tens of related viruses and hundreds of things a non-clinician like me would find in the appendix of a book on infectious diseases, most of which you’ve never heard of. It’s not always an issue of new bugs appearing, but of one of many known things emerging in different places for whatever reason.

I would have a great deal of scepticism about anybody who told me they could predict the next pandemic. That doesn’t mean science is bankrupt. We know there are probably areas that are more or less predisposed, so it’s a bit like long-term climate forecasting. We can say there are higher probabilities in some parts of the world than there are in others, but the idea you can go from that to saying ‘It’s going to be this particular pathogen, on this date, in this village’ is highly unlikely.

How can we ensure responses to epidemics are proportionate?

That’s a really tricky one. If I’m a public health authority or a politician that has invested an awful lot of money in a disease or epidemic that doesn’t eventually take hold, then I’m criticised for having wasted money. If I don’t invest that money and the disease takes hold, then I’m equally criticised. The wider community has to step back a bit and ask what success is in this domain. How do we genuinely hold people to account?

We need to be able to respond to these things quickly, and I think most people in most countries would expect those involved in determining their public health policy to be able to do that. Sustaining the ongoing costs of this is clearly another central challenge.

How do we best prepare given the uncertainty?

In terms of what I do, I think we have to get systems and processes in place so that when something new emerges we can get the information we need rapidly. This means being able to mobilise people to make the maps and get them to those that need them as quickly as possible, and then to keep the maps up to date.

The big problem is how we maintain our ability to respond to these outbreaks when we’re not in the midst of one. I think the trick is to try and blur the boundaries between epidemic response and routine healthcare so they’re not viewed as one taking resources from the other. If we can work out how the resources you need to rapidly mobilise in emergencies can be usefully deployed for more routine things, epidemic response can become more sustainable.

What’s the one change you’d make in the world to make us better prepared for epidemics?

It would be some mechanism whereby people can share information as quickly and as openly as possible. I’m not a frontline clinician dealing with the hard end of this business, but time and time again I see bureaucratic obstacles to sharing in emergencies – affecting everything from the genomes of pathogens to patient data.

I think that some progress has been made, but getting improved mechanisms and agreements in place so that all of these things are streamlined in emergencies would put us in a much better place to get more hands on deck quicker.

by Nic Fleming

This article is published under a Creative Commons CC BY 4.0 licence and you are free to republish it under these terms.

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Zika: entrevista con un experto en mapeo

Simon Hay es Director de Ciencia Geoespacial en el Instituto para la Métrica y Evaluación de la Salud (IHME), Profesor de Salud Global en la Universidad de Washington, Investigador en Ciencias y Matemáticas en el St John’s College, Universidad de Oxford, e Investigador Sénior del Wellcome Trust.

¿Cuál es su labor?

Hago mapas de las enfermedades y sus vectores, los organismos que las expanden. He trabajado en el Malaria Atlas Project, que estudia la distribución de la malaria en el mundo y cómo varía en relación a las intervenciones que se llevan a cabo en el planeta. Últimamente, en nuestro trabajo con brotes de gripe en China y de Ébola en África, hemos estudiado técnicas de mapeo más rápidas que resulten útiles en caso de emergencia. Eso significa que cuando surge un patógeno nuevo podemos encontrar rápidamente las zonas en las que es capaz de sobrevivir y prosperar (al igual que quizá sus insectos vectores) basándonos en cosas como la temperatura, las precipitaciones y el hábitat.

¿Cómo se utilizan estos mapas?

En primer lugar nos ayudan a mostrar dónde está el principal problema y a centrar las actividades de seguimiento. El mapeo también puede servir para informar a los asesores de viajes, mostrando los lugares donde la gente, en caso de visitarlos, necesitaría tomar más precauciones. Si asumimos que un virus se desplaza fácilmente por el mundo a bordo de los aviones, también podemos mostrar todas las zonas del globo que podrían acabar siendo infecciosas por ser propensas a ello desde el punto de vista medioambiental.

¿Está elaborando mapas del virus del Zika?

Sí, intentamos preparar un mapa mundial del Zika. Antes ya habíamos estudiado la distribución global del dengue y el chikungunya, virus emparentados, así que estamos en una buena posición para hacer estos mapas.

¿Qué dificultades tiene predecir cómo será la próxima gran epidemia?

Lo único que podemos asegurar es que estas cosas seguirán ocurriendo. Hasta mediados de 2014, el Zika era uno más de esos virus que alguien como yo, que no soy un médico clínico, encontraría en el apéndice de un libro sobre enfermedades infecciosas de las que, en la mayoría de los casos, no había oído hablar. No es tanto la aparición de un nuevo bichito como el hecho de que una cosa ya conocida estalle en lugares diversos por la razón que sea.

Yo sería muy escéptico si alguien me dijera que puede predecir cuál será la próxima pandemia. Eso no quiere decir que la ciencia esté perdida. Sabemos que probablemente hay áreas que tienen una mayor o menor predisposición, así que es algo así como la predicción del tiempo a largo plazo. Podemos decir que hay más probabilidades en algunas partes del mundo que en otras, pero de ahí a decir “va a ser este patógeno, en esta fecha y en esta localidad” hay un trecho.

¿Cómo podemos tener la seguridad de que la reacción a una epidemia es proporcionada?

Esa es una pregunta difícil. Si yo soy un responsable de salud pública o un político que ha invertido mucho dinero en una enfermedad o una epidemia que finalmente no prende, entonces me critican por malgastar el dinero. Si no invierto ese dinero, y la enfermedad se consolida, entonces se me critica también. La sociedad tiene que retroceder un poco y preguntarse cómo se mide el éxito en este ámbito. ¿Cuál es la mejor manera de pedir cuentas? Necesitamos poder reaccionar rápidamente ante estas cosas, y creo que la mayoría de la gente en casi todas partes espera que aquellos que están implicados en decidir las políticas de salud pública sean capaces de ello. Sostener el gasto que supone algo así es otro gran reto.

Dada la incertidumbre, ¿cuál es la mejor manera de estar preparados?

En lo que a mí respecta, creo que necesitamos tener a punto sistemas y procesos para que cuando surja algo nuevo obtengamos rápidamente la información necesaria. Eso significa poder movilizar a gente para que trace mapas y los haga llegar lo antes posible a aquellos que los necesitan, y luego tener esos mapas actualizados.

El problema es cómo mantener nuestra capacidad de respuesta ante estos brotes cuando no nos encontramos en medio de uno. Creo que la clave está en intentar difuminar las barreras entre la respuesta a una epidemia y el control rutinario de la salud, de modo que no los percibamos como si uno le estuviera robando recursos al otro. Si encontramos el modo en que los recursos necesarios en una rápida movilización en caso de emergencia puedan utilizarse con provecho en cosas más rutinarias, entonces la respuesta a una epidemia puede ser más sostenible.

¿Qué cambio haría en el mundo para que estuviéramos mejor preparados para una epidemia?

Tendría que ser algún mecanismo que permita a la gente compartir información del modo más rápido y accesible posible. No soy un clínico que tenga que lidiar con lo más duro de este asunto, pero no dejo de ver obstáculos burocráticos para compartir datos en casos de emergencia, ya sea la genética de los patógenos o la información sobre los pacientes.

Creo que se han hecho algunos avances, pero tener a punto mecanismos y acuerdos que permitan racionalizar todo esto en caso de emergencia nos situaría en una posición mucho más favorable para ponernos manos a la obra.

Escrito por Nic Fleming

Este artículo se ha publicado bajo una Creative Commons CC BY 4.0 licence y puede difundirse libremente con estas condiciones.

Se você gostaria de ler em Português , por favor contacte-nos em media.office@wellcome.ac.uk

 

 

 

 

 

 

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